EL CAMINO DE LA CRUZ - Pbro. Lorenzo.
EL CAMINO DE LA CRUZ.
¿Qué funestas señales son las que observo, Dios mío, en este templo! Tenebrosa atmósfera rodea los altares sin adorno, y retumban por sus bóvedas lastimosos ecos de fúnebre canto. ¡Dios mío! ¡Qué es lo que escucho! Ésta seguramente es la expresión del dolor que experimenta la Iglesia, llorando la muerte de su divino esposo Jesús. Justo es pues que se mezclen nuestras lágrimas al tierno llanto que derrama la Iglesia, nuestra madre, deteniéndonos a meditar la muerte de nuestro Dios, el cual, después de una vida sembrada de penas, quiso morir en un leño infame, rodeado de oprobios y de dolor.
Ven, oh Cruz santa, ven; muéstrate al admirado pueblo. Tú eres el Arca dichosa en donde sólo cabe encontrar puerto de salvación en la deshecha tormenta y seguro naufragio de este mundo; tú eres la serpiente de bronce, a cuya vista los pecadores atosigados con el veneno del pecado pueden alcanzar verdadera salud; tú eres la prodigiosa vara que habilita a los hombres para convertirse en floridas varas de virtud, cuando no eran más que monstruos de iniquidad; tú eres el árbol esplendente y conspicuo, elegido entre millares para soportar los divinos miembros de nuestro Redentor; tú, finalmente, fuiste el altar de los tormentos en donde plugó al Salvador del mundo ser crucificado por nuestra salud. Dame fuerzas, Cruz Divina, inspírame en este instante para ponderar justamente a estas almas fieles las ignominias, los dolores y la agonía que sufrió Jesucristo, cuando pendiente de ti exhaló el postrer suspiro.
San Alfonso María de Ligorio,
Manual de Meditaciones.
